Cuando el amparo es para siempre

  




Por: Mickey Negrón

Fotos: Ricardo Alacaraz

12 de septiembre de 2025

“Quiero recordarles cuando nací, yo,
hijo pecador de Diego Candoroso y María Brígida Circunspecta.
Y hace mucho tiempo, ahora se cumplen no sé cuantos años,
esposo amantísimo de Consuelo la Rebelde.”

Poema para otro aniversario, Juan Antonio Corretjer

El pasado domingo 24 de agosto de 2025, asistí a la obra de teatro Donde el viento hace buñuelos del dramaturgo y escritor argentino Arístides Vargas, del grupo Malayerba con sede en Quito, Ecuador. Esta obra fue generada entre los años 2001 y 2002.  Las actrices improvisaron en reuniones esporádicas en Puerto Rico, Madrid y en Quito.  Durante seis meses Aristides procesó el proceso y les entregó un texto que les pareció raro, porque estaban ahí sus improvisaciones, pero en un universo diferente y suyo.  Entonces fueron a El Cascarón, estudio y teatro de la artista puertorriqueña Rosa Luisa Márquez, ubicado en el Viejo San Juan.

Rosa y su entrañable amiga, la actriz española Charo Francés, del grupo Malayerba, le pidieron a Vargas que escribiera una obra para ellas. Él se sirvió de su hermandad, de sesiones de improvisación de estas amigas y del recuerdo de su impresión al ver la película Un perro andaluz, que escribieron en 1929 los entonces amigos Luis Buñuel y Salvador Dalí.  Las palabras de este montaje viajaron en el aire del Teatro de la Universidad de Puerto Rico con la pasión que debe haber en todo, especialmente en el ejercicio de recordar y olvidar.

La agonía de una persona en el hospital en su lecho de muerte es sublime en “Donde el viento hace buñuelos”. El escenario es un hospital, centro de alucinaciones confusas de dos amigas: Catalina, interpretada por Rosa Luisa Márquez, está en sus últimos días en este plano terrenal o en la frontera entre lo que conocemos como mundo y el más allá. La otra, Miranda, la acompañante, ahondando en su inminente soledad, de la que se queda o se despide.

Saber que ya no volverás a ver a alguien te impulsa a decirle todo el amor o el odio que alguna vez callaste, los recuerdos que quizá nunca le compartiste. Negociar el adiós con quien ya no puede y no debe permanecer es el misterio que esta obra de carácter surrealista hace que el público atraviese una catarsis brutal que va más allá del dolor.

Antes de ver por segunda vez este trabajo, decidí leer el texto y tratar de desmenuzar el orden cronológico de la historia. Fue imposible. En la nota del director, aparecida en el programa, Vargas narra su encuentro de joven con la película “Un perro andaluz”:

—Recuerdo la impresión que me causó no haber entendido nada y todo a la vez. No podía explicar nada desde una perspectiva de lo real, con las palabras de un lenguaje práctico como el que usamos para describir una silla o para hacer chistes con amigas/amigos. Era una película intraducible pero profundamente emocionante, y digo era no porque ahora la haya entendido; lo que sucede es que ahora entendí que en el arte hay cosas que se pueden comprender, pero no necesariamente explicar. Algo en nosotros entiende en la profundidad de lo inexplicable…

A esto me adhiero y les confirmo que durante el tiempo en que atestigüé el montaje fui atravesado y ahora, escribiendo, me propongo transmitir mi vivencia, mis deducciones y vínculos.

Para mi sorpresa entramos por donde entran generalmente les artistas, guiados por El ángel, personaje interpretado por Pilli Aponte, que nos llevó, guitarra en manos, a nuestros asientos ubicados en el escenario del importante teatro. La escenografía, a cargo del maestro Antonio Martorell, mostraba al fondo la mirada de un dios Buñuel, en blanco y negro que me recuerda el “Poema para otro aniversario” de Juan Antonio Corretjer, cuando dice:

                       “Un Dios, tan triste que me obliga
a matar sin sentir odio ni ganas de matar;
a morirme del deseo de ver a todos
los obreros del mundo unidos y triunfantes.
Y a vivir, vivir, querer vivir…

Esta escenografía es casi en blanco y negro, con acentos rojos que vienen siendo hilos de sangre de la nariz hemorrágica de Catalina. En el centro del escenario, un sillón mecedor que conozco muy bien. Fue el que usé cuando fui dirigido por Rosa en el montaje estudiantil del 2008 “Ojo, fábulas cautivas”. Los objetos y el vestuario estaban allí inanimados por ahora.  Sobre los objetos le cuestioné a Rosa cuál es su entrenamiento o acercamiento respecto al uso, reuso y manejo de objetos en escena:

 Mi casa está llena de objetos y como no hay frontera entre mi casa y el teatro que hago, pues los objetos que están en mi casa viajan a escena y los de escena se transforman y regresan a casa.  El sillón era de mi papá.  Así que cuando estoy en escena con los objetos siento que hay una protección, que hay un aura que nos acompaña.

Volviendo a la escenografía, noté que un cuadrado de alfombra blanca y salpicada de manchas dripping, a lo Jackson Pollock, delimitaba el espacio. Sobre esa alfombra había un barco de vela que nos invitaba a imaginar que ese cuadrado salpicado sería también un río. Como el Aqueronte, que es en La Divina Comedia de Dante, el río que separa el mundo de los vivos del Infierno y que se relaciona con la idea de la travesía y el cruce hacia otro estado.

En la esquina superior izquierda, justo frente a mi silla, unos papelitos erguidos con dibujos de personas. Le pregunté a Rosa quiénes eran:

—Cientos de amigos y conocidos de Martorell que dibujó para un proyecto llamado Dédalo. Retrato, nombre y huella dactilar. Hizo miles para crear una enorme huella dactilar. Arístides lo vio y le pidió unos cuantos.

Luego de la tercera llamada y el debido apagón, los acordes de El ángel junto a una canción sobre el paso, mientras pasaba por el río. Catalina está en la mecedora, durmiendo o soñando. La cabeza hacía pequeños movimientos que delataban cierta angustia en ella. La luz crece sobre la silla mientras entra Miranda y le dice a su amiga: “Cada momento de la vida ocurre una sola vez, como este en que te miro viajar a la quietud… siempre pensé que el final es inesperado, no así, no así…”.

Este montaje, a diferencia del texto de la obra escrita, desde el comienzo te anuncia el final. Por eso ahora te cuento lo que Rosa me contó de los papelitos que tenía al frente:

—Arístides le pidió a Charo que se sentara ahí al final del día del estreno. Ella descubrió que ese jardín de cabecitas se convertía en un cementerio de desaparecidos. Simplemente magia o plan con maña…

A CONTINUACIÓN MI VIVENCIA EN LAS ESCENAS ENNUMERADAS COMO EL TEXTO PROPONE.  Es una especie de análisis, una entrevista con Rosa, mis evaluaciones reflexivas, y un asomo crítico a mi visión de lo que puede ser una reseña:

1

Catalina se levanta de la mecedora cama y tiene un yoyo con hilo rojo con el que, junto a Miranda, hacen que la mecedora accione. Son niñas espiando a un hombre que duerme o finge estar dormido o quizá esté muerto. Sea lo que sea, esa escena establece que los hombres llegan antes que ellas, las mujeres. El primer recuerdo que Miranda ofrece en ese ritual de despedida es el de su padre, quieto como las piedras. Catalina parece no escucharla. Le pide un pañuelo, objeto tan presente en los lechos de muerte, ya que se usa para limpiar lágrimas o sangre. Símbolo de consuelo o de cuidado. Un gesto de protección o de afecto. Miranda dice que no tiene pañuelo y que no odia a su padre. Solo lo recuerda.

2

Miranda reflexiona la perfección del mundo en ese instante, en los aeropuertos donde parten aviones a viajar por el aire como la música y como los pájaros, y ella se siente de más. Sola. Hablando sola o con la moribunda o con su espíritu.

3

Catalina parece escuchar los pensamientos de Miranda como si fuesen murmullos y se enoja porque no le gusta la gente que habla en murmullos. No está para eso. Está esperando el turno para el viaje al mas allá y lo pierde a cada rato. No quiere té, ni bufandas para el frío. Quiere que los perros que ladran en su mente se callen.

4


Miranda recuerda y encarna a Buñuelo, el perro de su infancia. Para hacer este alter ego de Miranda, Charo, la actriz, se coloca una media máscara y asume el acento andaluz, tan cercano a como hablamos en Puerto Rico. El perro narra, entre otras cosas, las muchas veces que se masturba al día, los disparates libidinosos de sus vecinos y su curiosa tendencia al chisme. En eso, la Madre Superiora, interpretada por Catalina o por Rosa o por ambas, interrumpe el divertido monólogo de Buñuelo. La Madre Superiora lleva una media máscara con un ojo en la frente. Regaña a la niña Miranda por jugar sola. Le advierte que nunca estamos solos. Que Dios es un ojo que lo ve todo. Pareciera que Miranda fue atrapada con las manos en el coño. Y que la figura de máxima autoridad de su colegio era el dios castigador. La niña, en una pataleta estética, recrea la escena más perturbadora de Un perro andaluz: cuando el hombre, con su navaja de afeitar, le hace un corte horizontal en el ojo a la muchacha. Pero esta vez la muchacha hace el corte utilizando un huevo hervido como lucero, rebelándose así desde temprana edad de ese ojo divino y castigador.



5

Catalina, o lo que queda de ella, nos habla del vértigo, de que el barco en que va atraviesa una niebla. En el último círculo del Infierno de La Divina Comedia, los condenados están atrapados en un hielo eterno. El proceso de agonía es una etapa final de la vida en la que el cuerpo se va preparando para el fallecimiento. Suele caracterizarse por varios signos, como una disminución del nivel de conciencia, cambios en la respiración, un pulso más débil e irregular, y una piel fría y marmórea. Las personas pueden experimentar desorientación, alucinaciones y una sensación de desconexión con el entorno. Es un momento de transición y de cierre.

6

Para alivianar la cosa, Miranda le pide a Catalina que le pregunte algo. ¿Tiene novio? Así llega otro recuerdo de otro hombre; el primer novio. Uno que era como Herodes, que todo lo que toca lo jode. Un hombre que, según Miranda, se desvanecía, no sin antes pudrirla y romperla. Los hombres del pasado de Miranda fueron trogloditas, hirientes, desconsiderados.

7

Catalina por fin recuerda y comparte algo. Su mamá, la que pocas veces mostraba afecto y que siempre venía con autoridad a enseñarle cosas que no debía olvidar. En esta ocasión le habló de la importancia de no perder el culo. En especial, no perder el culo por un hombre. Todo apunta a que su madre fue abandonada por su padre cuando aún Catalina estaba en su vientre. La madre quedó resentida y con muy poca habilidad amorosa con quien le recordaba ese abandono.

8

Miranda está a punto de confesar algo muy doloroso de su pasado en la adolescencia. Ese algo está atrofiado. Ya no le duele como antes.

10

Vemos a la Madre Superiora muy molesta. Se percibe que la joven acusó a un hombre de haberla violado. Pero la Madre Superiora parece echarle la culpa. Le ordena bajarse la falda, le dice que ellas no existen. Que se tiene que quedar callada. Que el semen que chorreaba de la madera era cera de velas. La joven preguntó si luego de eso iría al cielo. La Madre Superiora le dijo que no. Volvemos a Buñuel y su mundo en blanco y negro. El cielo, según la Madre Superiora, era en colores. Miranda se corta el otro ojo con la navaja de afeitar. Al final menciona a Viridiana rezando, personaje protagónico de una de las grandes películas del director español, protagonizada por la recién fallecida Silvia Pinal. Una ingenua joven devota acechada por muchos, muchos hombres, que queda resignada a una especie de mancha que no merecía.

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Catalina le habla de la soledad a su amiga. Miranda esquiva el tema. Se colocan las actrices frente a frente, simulando estar frente a un espejo. Están dobladas. Cuando Miranda acepta hablar de estar sola, habla de lo cabrona que es la soledad para las mujeres agachadas.

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El primer marido de Catalina, interpetado por Charo.  Un bocón fanfarrón que la utilizaba de bastón. Que hablaba hasta por los codos. Que priorizaba lo económico y no alcanzaba a ver a su esposa. Ella estaba cansada. Él le ordenaba porque las mujeres en ese tiempo debían obedecer.



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Una de las escenas mejor logradas por la potencia con la que Rosa aborda el texto y la sutil imagen azul cielo en ráfaga.  Catalina acciona un ventilador en el suelo y se coloca encima con un pañuelo azul, que cobra vida gracias al viento y a la profunda interpretación. Catalina le reclama al hombre que la abandonó desde que habitaba en el vientre de su madre. Aquí vemos los efectos secundarios del famoso dicho: “se esfumó como el viento”. Las canalladas de los padres que salen a comprar cigarrillos y nunca vuelven. Entonces esos hijes desarrollan un luto rencoroso junto al deseo de jamás convertirse en esa idea villana que se forja en el subconsciente de les abandonades.

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Dos compañeras militantes declaran que La historia dejará que sus cadáveres se pudran.

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Catalina dice que hace 50 años, mujeres como ella no podrían vomitar en la calle del país de los hombres libres. ¿Será algún suceso histórico específico? Rosa me comenta:

 Creo que la pregunta es para él (Arístides), a mí me sirve y relleno eso con los años 50 en vez de con los años 70, aunque hay  cosas que asocio a mis años universitarios, como lo de Vieques y lo del servicio militar obligatorio.  Pero lo de los 50 años…ponte en el 2002 echando 50 para atrás, es como en el ELA, ahí toda la movida obligatoria de los Estados Unidos. Pensé que todavía había viajes en barco, a pesar de que sí había aviones, así que traté de crear un universo que tuviera que ver con esos años, pero es como provocación, como evocación, me paro a lo mejor en una acera en una calle en Nueva York.

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No nos durmamos, implora Catalina.  Un asomo de “tanatofobia” término técnico para el miedo a la muerte o el proceso de morir.  En la psicología, este miedo se describe como algo bastante normal y universal, pero cuando es muy intenso, se aborda como una ansiedad existencial. Los expertos suelen hablar de la “ansiedad ante la muerte” como parte de la condición humana, y muchas corrientes psicológicas, desde el existencialismo hasta la logoterapia, han tocado este tema.

Para el filósofo Heidegger, la muerte no es solo un evento final, sino una parte esencial de la existencia humana. Él dice que somos seres-para-la-muerte, es decir, que la conciencia de nuestra propia mortalidad define cómo vivimos. En otras palabras, saber que vamos a morir en algún momento nos hace tomar decisiones, darle significado a nuestras vidas y enfrentar la existencia de una manera más auténtica.  El miedo a la muerte puede ser un motor para vivir de forma más plena o auténtica. Es como decir: al reconocer que la vida es finita, tenemos la oportunidad de darle un sentido más profundo a lo que hacemos.

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La madre que nunca llamó a su hija “niña bonita” decide enseñarle a Catalina a doblar pájaros. Le advierte que nunca se puede volar. Una cría trunca la libertad de la madre y la madre ejerce una venganza sin querer o queriendo. Una doctrina que condene a su hija a la misma prisión o a una muy parecida.  No ser feliz.

Esta escena no se hizo tal como lo propone el texto.  Para Rosa fue imposible memorizarla porque:

— Ese texto era demasiado fuerte para mi.  Mi mamá me obligaba a doblar las sábanas en una forma particular y si no lo hacía correctamente, ella me las arrancaba de las manos, las descomponía y me las tiraba para que volviera a doblarlas correctamente.

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Las amigas en su cofradía esquivan y dejan atrás esos miedos inculcados. Porque, a diferencia de la familia de sangre, la familia escogida no tiene un contrato vitalicio. Es un junte por decisión y diversión.  Miranda responde un rotundo no cuando Catalina le pregunta si una regresa a los lugares donde una vez le castigaron.

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Tener una amiga es tener un país. Un hogar. Una hoguera a la que se acude a buscar calor. Catalina por fin logra decirle a su amiga moribunda cuánto vacío ocupó en ella con sus raíces.

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Miranda, en la clase del profesor Martínez, personaje interpetado por Rosa con la misma máscara de ojo avizor, presenta una obra de teatro llamada “Las yardas y mi madre” utilizando una maletita llena de zapatos de madera que representarían los personajes nombrados por Miranda. Esa obrita trataba de las carreras que su madre, abuela y ella dieron por los hombres, por el hambre y por el fascismo. Las carreras de todas las mujeres de todas las familias del mundo. No es casualidad que Rosa usara en su infancia la misma maletita para salir corriendo:

Esa maletita.  No sé dónde estaba en casa, me la regalaron cuando tenía tres años y la llené de panties para irme de la casa y escaparme.  Entonces está cargada, está cargada de memoria.

 

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En el hospital juntas rememoran la abuela cocodrilo y la competencia intrínseca a la condición humana.

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Miranda interpreta a la abuela. En esta escena Charo hace una abuelita jocosa, liberada que hace y dice lo que le da la gana.   En vez de lágrimas de cocodrilo bota mocos de cocodrilo. Y se los come.

25

De tanto alcanzar, a Catalina le duelen las manos.  ¿Cúanto durará el calvario?

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Un compatriota se prendió fuego porque estaba triste. Eso recuerda Catalina mientras reconoce que en ese río que atraviesa su cara ha perdido las facciones de antes.  Me pregunto quien sería ese compatriota y a la memoria de cual de les tres artistas creadores de esta obra pertenece tan pirómano y desventurado recuerdo.

27

Ya son las 4:30 de la mañana, aún no duermen. Llueven pies. Catalina vuelve a sangrar mientras el sol saliente del amanecer les comunica que han pasado una noche en vela.

28

Miranda coloca un traje blanco en el suelo. Ese traje es ella, una niña grande y es una isla. La misma que Corretjer describe:

la tierra en que nací … una
hermana dolida ultrajada, violada, abandonada, dejada…”

 La niña grande de ahora lanza tomatazos a la niña isla pequeña.  Para esto se coloca una bata roja, como la sangre que ha perdido y ha quedado tatuada en la isla.

29

Desde el delirio, en la cama del hospital equipada de enfermeras salvavidas, Miranda le pide a su amiga que, si la escucha, haga como un barco.

30

En la filosofía, a veces se asocia el barco con la metáfora del viaje interior, la búsqueda de sentido, o incluso la idea del alma que navega hacia lo desconocido.  Es un emblema de transición y de pasaje. Ese gesto de “hacer como un barco” fue una invitación a navegar por ese umbral simbólico con ella.

31

Buñuelo es golpeado por los militares. (Pregunta a Charo y Arístides sobre ese suceso)

32

Miranda está quedándose ciega. Llueven relojes atrasados. Quizá ya es tiempo de parar el sufrimiento.

33

Vuela. Vete ya, Catalina. ¿Quién fue la paisana borracha apaleada porque le encontraron un árbol en sus tripas?

 34

La madre le enseña a guardar un secreto. La invasión USA a Puerto Rico, las minas en Vieques. ¿Por qué un pueblo de alfareros? Rosa me contesta:

—Una referencia concreta a David Sanes, al bombardeo de Vieques, al país que le da la espalda al mar.  La condición isla invadida.

35

El mundo ahora se desfigura. Llueven espejos oblícuos como en el esperpento. Son ellas dos iguales. Una cuidada, otra cuidando. El hombre dormido del inicio ya no es un hombre. Es ella. Catalina. Parece que ya le tocó el turno.

36

El peor exilio es la despedida. Dejar a alguien sosteniendo un saludo.

37

Catalina ya está viendo la luz al final del túnel. Le dice a su amiga lo cerca que está del definitivo adiós.

38

Miranda no puede escuchar a su amiga debido al ruido emocional que se niega a escuchar.

39

Parada donde una paisana escribió poesía.  Julia de Burgos en una acera toca mi corazón

40

Momento de resistencia y egoísta negación:

“No te duermas, Catalina”

Ya todo estaba dicho. No había más que contar.

41

Miranda ya no escucha y no recuerda ningún reclamo entre ellas.  Las penas entre panas es mejor despenalizarlas.

42

Llueven linternas sordas que dan una luz que no se escucha.

43


La enferma se va. Coloca el barco sobre su cabeza. Se lleva puesta la bata roja. Camina sobre el cuadrado, alfombra salpicada, río Aqueronte. Catalina pregunta si puede acompañarla, pero no… aún no es su turno. Yo siento un cosquilleo en la punta de la nariz estaba tan sumergido en la obra que por un momento pensé que estaba sangrando con Catalina pero no, era agua. Agüita salada comienza a empañar mi mirada, mi rostro se arruga. Moquitos como los de la abuela quieren salir, así que inhalo fuerte pa’ que se queden. Y escucho otras narices inhalando lágrimas nasales. No era la única alma atravesada. Recordé a mis amigues que han cruzado ese río que Catalina navegaba.

45


Miranda se sienta frente a los papelitos, el cementerio de desaparecidos. Le habla al
cielo en colores donde ahora está esa que siempre estuvo para ella en los momentos más pantanosos. Le pregunta si hay comida china o si ha visto al Che. Mientras habla del mundo de los afectos. Está tristemente agradecida. Resignada. Se queda con los recibimientos y despedidas de la amistad. Sola pero no tanto, ahora no podrá escuchar respuestas de su amiga. Pero seguirá hablando con ella desde acá hasta que le llegue su turno. Porque esas dos amigas están destinadas a acompañarse en este y todos los planos.  Eso creo que deja en paz a Miranda. Sabe que nada es para siempre. Ni la vida, ni la muerte.

Mientras escribo esto sigo llorando. Charo tiene eso cuando actúa. Se te queda para siempre.  Rosa Luisa ha sostenido con agallas una pieza exigente y su entrega en cada personaje fue tenáz. No fue fácil ver a mi maestra cruzar el Aqueronte.  Esta obra celebra 30 años del Teatro de los Afectos. El Grupo de Teatro Malayerba, gracias a la insistencia y existencia de Rosa, ha marcado el quehacer teatral de Puerto Rico.  Todes les que hemos tenido la dicha de conocerles podemos decir que nuestra práctica y vida es un antes y un despues de Malayerba.

Me amparo en la esperanza de poder recibir y despedir a los de mi tribu.  Si me voy primero, les llevaré conmigo porque en las cuestiones del alma el para siempre no es fraudulento.  Si elles se van primero prometo llegar a despedirme de mis amigues como Corretjer lo escribe en su citado poema:

y llegándome hasta la tumba de Albizu
—Ya está hecho viejo, decirle.— ”

 


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